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miércoles 22 de marzo de 2006

 
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La Patria y algunos comerciantes
... "el Cerro Ancón es el símbolo terráqueo y espiritual de los esfuerzos de nuestra nacionalidad, por guardar un sagrado recuerdo y por fortalecer"...

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Humberto E. Ricord

CONSTITUCIONALISTA

EN EL orden de importancia y tratamiento en que los temas de estas columnas se van alineando, le corresponde hoy su lugar al hecho del título. Se trata de que una empresa comercial abrió gestiones para construir el negocio de un teleférico que podía extenderse desde el Cerro Ancón hasta las orillas del pequeño y cercano golfo conocido con el nombre de Amador. La empresa, con sed de dinero como es propio de esta clase de actividades, nada le podía importar sino su propósito de ganancias dinerarias.

Sin embargo, algunas pocas personas salieron a la palestra, oponiéndose al gran proyecto, porque para estas últimas lo que se haga desde y en el Cerro Ancón es sagrado y no debían convertirse las faldas de tal Cerro en motivo y razón de simple ganancia, en detrimento y olvido de y en irrespeto cultural y patriótico, del significado profundo que para la nacionalidad panameña tiene todo lo que se relaciona material y espiritualmente con tan glorioso Cerro. Nosotros estamos de acuerdo con los opositores del proyecto aludido y solicitamos a las autoridades que no caigan en el despropósito o delito de lesa Patria, de ennegrecer la memoria patriótica del Ancón. Un país, una nación, una nacionalidad, son mucho más que un negocio crematístico o de afán de ganar dinero, no importa lo sagrado que se le desvaloriza cuando se le somete al papel, a la función de convertirse en un negocio crematístico, en una máquina de ganancias peseteras, en desmedro de un gran significado ideal.

En efecto, el Cerro Ancón es el símbolo terráqueo y espiritual de los esfuerzos de nuestra nacionalidad, por guardar un sagrado recuerdo y por fortalecer la realidad de que somos un pueblo que ha luchado desde hace muchas décadas, incluso más de un siglo, por sus títulos de soberanía y de consistencia nacionalista. Eso lo olvidan y no lo recuerdan quienes sólo piensan como único fin de la vida humana en vender a Cristo por las treinta monedas de Judas. Pero gloriosamente, hemos tenido escritores legítimamente panameños, que hoy desde su fosa todavía cantan esa gran bandera que flota ante toda la ciudad de Panamá y que se cobija bajo el cielo azul del Istmo, en la cima del Ancón, como símbolo sacrosanto que debe estar especialmente dedicado a ser la eminencia que podemos recorrer todos los panameños, a sabiendas de que el Cerro Ancón fue motivo de profunda inspiración para la poetisa Amelia Denis de Icaza y del poeta Gaspar Octavio Hernández, quienes inspirados por dicho Cerro y lo que representó para las generaciones nacionales del comienzo del siglo XX, nos legaron su nuevo mensaje poético que nunca debemos olvidar.

Amelia Denis de Icaza, en los primeros días de la entrega del Cerro a Norteamérica, le dijo al Cerro Ancón:

"Me queda el corazón para quererte
ya que no puedo junto a ti llorar".

Y el "Cisne Negro", Gaspar Octavio Hernández, se inspiró también en el Cerro Ancón para escribir acentos profundos sobre el significado del sentimiento nacional, haciendo de esa eminencia terráquea el aliento de un joven marino panameño, que de frente al Cerro, le expresó a la Bandera lo que sigue:

"Bandera de mi Patria, sube, sube,
hasta perderte en el azul,
si ves que el hado ciego
en los Istmeños puso cobardía,
desciende al Istmo convertida
en fuego, y extingue con febril
desasosiego, a los que amaron
tu esplendor un día".

Pero los jóvenes institutores que cruzaron las faldas del Ancón, para colocar nuestra enseña patria, en los mástiles de la escuela norteamericana de Balboa; y los hombres del pueblo que acudieron a la antigua Avenida 4 de Julio ( hoy Avenida de los Mártires), todo lo cual desafió la intervención armada del Ejército de los Estados Unidos, eran los sucesores de la Tajada de Sandía, en 1856, y deben tener en la cumbre del Ancón un gran Mausoleo, pagado por una donación de todo nuestro pueblo. Toda esa lucha condujo a la recuperación del Canal y de la Zona en el año 2000 y para siempre.

A fin de que tenga término esta columna, que por su tema excede su acostumbrada medida, apelo a los renglones con que mi esposa, Elsie Alvarado de Ricord, terminó su estremecida poesía a los Mártires de Enero de 1964, así: "los mártires no yacen en la tumba: renuevan la conciencia de los pueblos".


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